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Guadalajara

Descubre la villa palaciega de los Mendoza transformada en una ciudad amable y contemporánea que te da la bienvenida a tan sólo 50 Km. de Madrid, como capital de la provincia a la que da nombre: Guadalajara.

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Un poco de historia



Determinar el origen exacto de una ciudad no es tarea fácil. En el caso de Guadalajara, las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz restos de la Edad de Bronce en las cercanías del actual término municipal. Parece ser que hubo un primitivo asentamiento romano o tal vez visigodo situado en la margen izquierda del río Henares denominado Arriaca, pero, a falta de vestigios que ratifiquen estas teorías, lo que parece fuera de toda duda es que la ciudad como tal fue fundada por los árabes.

Wad –al-Hayara, -“río de las piedras” según unos estudiosos o “valle de los castillos” según otros-, nace en torno a la segunda mitad del siglo VIII o a la primera del IX, como enclave defensivo dependiente de la taifa de Toledo. Los siglos X, XI y XII son una sucesión de escaramuzas y batallas entre los ejércitos cristianos y musulmanes por el dominio del emplazamiento. Así, conquistada en 1085 para el monarca Alfonso VI de Castilla en una hazaña atribuida a Alvar Fáñez de Minaya, hasta la batalla de las Navas de Tolosa (1212), en que se produjo la retirada de los ejércitos musulmanes, los guadalajareños se vieron inmersos en un periodo belicoso.

Tras la agitada época de la Reconquista llegaron mejores tiempos: la licencia que permitía a la ciudad celebrar dos ferias impulsó la economía de los lugareños, a quienes merced a un fuero concedido por Alfonso VII y renovado por sus sucesores, les fue otorgada la condición de caballeros.

No obstante, el verdadero despertar económico, artístico y cultural de Guadalajara está estrechamente vinculado a un linaje: el de los Mendoza. Desde que el rey Juan II concediera a Iñigo López de Mendoza el señorío de Guadalajara a mediados del siglo XV, la dinastía es la responsable del florecimiento de la villa a todos los niveles, cuya huella aún perdura. La importancia de esta familia se pone de manifiesto al constatar que la pujanza tanto de la ciudad como de la provincia decae con la partida de los Mendoza a Madrid en el siglo XVII.

La siguiente centuria fue especialmente devastadora para Guadalajara, castigada por los saqueos durante la Guerra de Sucesión. Sólo la decisión de Felipe V de establecer en la villa la Real Fábrica de Paños evitó la debacle, proporcionó puestos de trabajo y evitó la despoblación.

La primera mitad del siglo XIX vuelve a ser un periodo de lento desarrollo para Guadalajara, afectada por una nueva contienda bélica (esta vez, la Guerra de la Independencia) y el cierre de la Real Fábrica. La llegada de la línea de ferrocarril Zaragoza- Barcelona, el establecimiento en la ciudad de algunos organismos públicos -tal es el caso de la Academia de Ingenieros Militares- y el desempeño de funciones administrativas como capital de provincias proporcionaron el balón de oxígeno que permitió a Guadalajara salir de nuevo a flote.

El definitivo despegue industrial de la ciudad no se produce hasta los años sesenta del siglo pasado: su cercanía a la congestionada Madrid beneficia a Guadalajara, donde comienzan a establecerse polígonos industriales, lo que se traduce en aumento de población y de la prosperidad de la zona, circunstancia que se mantiene en la actualidad, cuando la ciudad ronda los 76.000 habitantes.


Qué ver


Pasear por el casco histórico de Guadalajara es hacerlo por un entorno jalonado de huellas del pasado: palacios renacentistas, edificios mudéjares e iglesias barrocas salen al encuentro del viajero, y le invitan a detener unos momentos el caminar para percibir la historia labrada sobre piedra y ladrillo.

Para empaparse de la Historia de la villa, la mejor opción es acercarse hasta el Museo Provincial, instalado en las dependencias del edificio insignia de Guadalajara: el Palacio del Infantado, impresionante obra del siglo XV residencia de la familia Mendoza. Construido inicialmente en estilo gótico isabelino, en su deslumbrante fachada se observan también detalles mudéjares y, sobre todo, renacentistas. Llama poderosamente la atención la decoración de los sillares de piedra, a base de cabezas de clavos o de diamante labradas, casi tanto como los escudos de armas y blasones de la familia. Lamentablemente, los bombardeos de la Guerra Civil destruyeron para siempre el bello artesonado mudéjar original del palacio. Sí se conservan los frescos con referencias mitológicas y alusiones a la historia de sus moradores que adornan los techos de las salas bajas del edificio. El Patio de los Leones, (llamado así por los motivos animales que lo decoran) de dos alturas, es otro atractivo que no hay que perderse.

En cuanto al museo, su sección arqueológica exhibe restos que abarcan desde el Neolítico hasta el periodo de dominación árabe. Alberga también el sepulcro de Doña Aldonza Mendoza –tallado en alabastro, siglo XV-, una interesante colección de pinturas de la escuela hispano-flamenca en la sección de Bellas Artes y un departamento dedicado a la etnografía. El palacio es asimismo sede del Archivo Histórico Provincial.

No lejos de esta joya arquitectónica se encuentra la Plaza Mayor, con sus característicos soportales en tres de sus flancos. Punto de reunión desde la Edad Media, su factura actual data del siglo XVII. Es este espacio se levanta desde 1906 el Ayuntamiento, con su campanario de hierro forjado. La casa consistorial custodia, entre otras obras de arte, las tablas de San Ginés (s. XV). A unos pasos se halla la iglesia de Santiago (s. XIV), elegante mixtura entre el mudéjar y el gótico, que perteneció al ya desaparecido convento de Santa Clara. Consta de tres naves, separadas por columnas de piedra, pero carece de crucero. Sobresale el artesonado mudéjar de la nave central, la gran altura de sus arcos apuntados y la capilla del Evangelio, de estilo plateresco (s.XVI), atribuido a Alonso de Covarrubias.

Una de las construcciones más antiguas de la ciudad es el puente árabe, -al menos en origen, si bien algunas fuentes apuntan a que podría ser de la época romana-. Construido en el siglo X, el paso del tiempo y, sobre todo, las contiendas bélicas lo han transformado prácticamente en su totalidad. El que se ve hoy en día data en buena parte de 1710.

En la calle Madrid aún puede adivinarse el esplendor de lo que fue el alcázar medieval: levantado entre los siglos XII y XIII sobre una construcción árabe anterior, se mantienen en pie las torres del ala norte y los muros. Extramuros se encuentran el puente y el Torreón del Alamín, (siglo XIII), que ofrece en su interior una exposición acerca de la historia y evolución de la muralla de la ciudad. En los aledaños de este barranco y del de Coquín se pueden contemplar lienzos de la muralla que hasta mediados del siglo XIX rodeaba el casco urbano, mientras que en la plaza del Bejanque se conserva la única puerta que queda de las que originalmente guardaban la entrada al casco urbano: la Puerta de Bejanque.

Un siglo menos se calcula que tiene el Torreón de Alvar Fáñez. De planta pentagonal, que alberga un centro de interpretación de la reconquista de Guadalajara (1085), una hazaña que la leyenda atribuye a Alvar Fáñez de Minaya, sobrino y compañero de batallas de El Cid

El carácter fronterizo de Guadalajara entre los reinos cristianos y los musulmanes dio pie a la convivencia durante siglos de ambas culturas. Tal circunstancia ha dejado su impronta en la ciudad, con muestras de su estilo arquitectónico característico: el mudéjar. Uno de sus más bellos ejemplos es la iglesia arciprestal o Concatedral de Santa María la Mayor. Levantada sobre una antigua mezquita, tiene tres naves del siglo XIV, portada renacentista, tres puertas de reminiscencias árabes y un esbelto campanario de mampostería y ladrillo –el anterior minarete-. Reformada por completo en el siglo XVII, en su interior destaca el retablo mayor, también renacentista, obra de Francisco Mir, el púlpito de alabastro, el altar mayor y la pila bautismal románica. Alberga un museo de arte sacro.

Vecina a este templo se erige la Capilla de Luis de Lucena: se trata del único vestigio que ha llegado hasta nuestros días de la iglesia de San Miguel del Monte (s. XVI). Con rasgos manieristas, probablemente fue trazada por el humanista Luis de Lucena. Mientras que el exterior recuerda a una severa construcción militar, el interior alberga bóvedas bellamente ornamentadas con frescos de corte erasmista. Son curiosas las columnas que funden los estilos dórico y jónico y la escalera de caracol que conduce desde la tribuna hacia el piso superior.

También conserva parte mudéjar el Santuario de Nuestra Señora de la Antigua (s.XVI), en concreto, el ábside (del siglo XIII). El templo, muy remozado, alberga la imagen de la patrona de la ciudad que da nombre al mismo.

Una nueva lección de arquitectura renacentista la encontramos en el Palacio de los Dávalos (principios del siglo S XVI). Lo más significativo del mismo es su patio, de sobrio estilo renacentista alcarreño, y la portada, donde se distingue a dos caballeros disputando un torneo. Remodelado hace poco tiempo, es la sede de la Biblioteca Pública Provincial.

Reseñable también resultan el Palacio de la Cotilla que alberga en su interior un impresionante salón chino, o el bello palacio renacentista de Don Antonio de Mendoza, -cuyas estancias ocupa en la actualidad el instituto de Enseñanza Media Liceo Caraquense-, ante el que no está de más detenerse unos minutos, aunque sólo sea para admirar su portada de reminiscencias toscanas o el impresionante patio plateresco de dos pisos, uno de los más significativos y mejor conservados de Castilla, con los característicos capiteles alcarreños o mendocinos. El edificio albergó una comunidad de religiosas franciscanas, que oraban en la contigua iglesia de la Piedad (primer cuarto del s. XVI). Las obras del templo fueron dirigidas por Alonso de Covarrubias, quien extendió el estilo plateresco al frontispicio del templo, en el que sobresalen una soberbia escena de la Piedad y los escudos blasonados de los Mendoza. Dentro del remozado edificio se conserva el sepulcro de Doña Brianda de Mendoza, la benefactora de la congregación.

Ligada al linaje de los Mendoza está también iglesia de San Ginés (s. XVI). De una sola planta y grandes proporciones, acoge los sepulcros de los hermanos don Iñigo y don Pedro López de Mendoza y sus respectivas esposas.

El barroco también dejó su impronta en la capital alcarreña, con notables ejemplos, como la iglesia de San Nicolás el Real (s. XVII), en la plaza del Jardinillo. En su fachada de ladrillo, la portada de piedra está presidida por la estatua de la Fe, del grupo escultórico de la Santísima Trinidad. Traspasado el umbral impresiona su grandioso retablo mayor de columnas salomónicas. Es reseñable también el sepulcro yacente del comendador Rodrigo Campuzano. Del mismo estilo es la iglesia del Carmen, levantada no lejos del templo anterior, como parte del convento carmelita de los Santos Reyes de la Epifanía –ahora lo ocupan franciscanos-. Situada al fondo del atrio que forman el resto de edificios del complejo religioso, en la fachada de la iglesia de nuevo se alternan el ladrillo y la piedra, destacando sus tres arcos semicirculares y el blasón del fundador del convento.

También merecen una visita el panteón de los Mendoza en la iglesia de San Francisco, construido a imagen del Panteón Real de El Escorial, o El Fuerte del mismo nombre, de estilo modernista, que albergó la Academia de Ingenieros Militares. Del mismo modo, no se puede abandonar Guadalajara sin acercarse hasta el mausoleo de la Condesa de la Vega del Pozo, parte de un conjunto monumental de estilo ecléctico (s. XIX) obra de Velázquez Bosco. La condesa, una mujer acaudalada que legó su fortuna a obras benéficas, descansa en un panteón de piedra blanca, cubierto por una cúpula de cerámica vidriada y decorado con bellas ornamentaciones que incluyen techos recubiertos de mosaicos de colores y revestimientos de mármol.

Desde este punto se puede comenzar un agradable paseo por el gran parque de San Roque, una zona verde con numerosas variedades de arbóreas de gran tamaño. Bajando por la calle del mismo nombre se accede a otro de los pulmones de la ciudad, el parque de la Concordia, con su coqueto quiosco de música modernista, un buen lugar para sentarse a descansar, leer o simplemente, dejar pasar el tiempo.


Gastronomía


La oferta de restauración de la capital alcarreña es variada, pudiéndose escoger desde platos tradicionales a preparaciones de alta cocina, tanto autóctona como internacional.

Si lo que se busca son platos de auténtica gastronomía guadalajareña, el comensal debería degustar los excelentes asados de cordero y cabrito que tan bien saben preparar en esta tierra. También gozan de reputación los guisos de caza en sus variadas preparaciones: perdices escabechadas, preparadas con judías, estofadas, codornices, conejo, liebre, estofados de jabato, solomillo de ciervo…

Tampoco hay que dejar de degustar platos de gran tradición como el morteruelo serrano, los cangrejos de río, las gachas o las numerosas recetas que tienen las setas de cardo como protagonistas. Son asimismo exquisitas las judías de la zona –sobre todo las pochas-, los derivados del cerdo y las truchas en sus numerosas preparaciones.

En el apartado de postres destacan sobremanera los bizcochos borrachos de Guadalajara, sin olvidar las recetas, muchas de origen árabe, que tienen en la famosa miel de La Alcarria su ingrediente principal, como los huevos dulces, la célebre miel sobre hojuelas –fina pasta frita y bañada en miel- , o el arrope –postre elaborado con mosto y pedacitos de calabaza, melocotón, melón y membrillo- .

Para acompañar, un vaso de vino de Mondéjar-Cifuentes-Sacedón, y como digestivo, una copita de aguardiente de Morillejo.




Sabías qué...


Para acercarse a Guadalajara cualquier época es buena y más, si hacemos coincidir nuestra visita con cualquiera de los acontecimientos culturales y festivos de interés que se desarrollan en la capital.

Hacia febrero-marzo, desafiando las bajas temperaturas del invierno, la ciudad celebra con entusiasmo sus Carnavales. Esa alegría se torna en recogimiento durante la Semana Santa: los desfiles procesionales de la capital alcarreña, declarados Fiesta de Interés Turístico Regional, se caracterizan por la sobriedad, la belleza de sus tallas y la religiosidad. Destacan las procesiones de Domingo de Ramos, con la bendición de las palmas, y las del Jueves y Viernes Santo.

De gran tradición es la procesión del Corpus Christi –se tienen noticias de que ya se celebraba a mediados del siglo XV-; durante esa jornada, las calles se decoran con altares, se recrean mosaicos con pétalos de flores, y todas las cofradías participan en un desfile en el que tienen un relevante papel Jesús y los Apóstoles, encarnados por personas ataviadas como los personajes bíblicos. Les acompañan los niños vestidos de Primera Comunión y autoridades civiles y religiosas.

Coincidiendo con la festividad de la patrona de Guadalajara, Nuestra Señora de la Antigua –el 8 de septiembre- tienen lugar las animadas Ferias y Fiestas de la ciudad, con numerosos actos culturales, deportivos y taurinos.
Otros acontecimientos reseñables son la Feria Chica (mayo) o el Tenorio Mendocino, el primer fin de semana de noviembre, cuando palacios y templos de la ciudad vieja ligados a los Mendoza sirven de escenario para la representación de distintas escenas de “Don Juan Tenorio”. Sin olvidarnos, en julio del Festival de Cine Solidario (Fescigu) o del ciclo de música, cine clásico y monólogos de Estivalia.



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